HACIENDAS PULQUERAS. Tradición y Sabor en Tlaxcala
Por Julián Echarrea
Revista: Sabor
Cuando alguien toca el tema del pulque, se me vienen a la mente imágenes
contradictorias y peculiares; campos magueyeros en zonas del altiplano, una
pulquería en decadencia en alguna colonia obscura, borrachines en una foto de
época, vieja y arrugada, fiestas de pueblo; nostalgia, campo y mexicaneidad.
Pensándolo, la verdad es que sabemos poco de esta bebida casi nada de dónde se
encuentra hoy, así que acepte una invitación a visitar el cercano Estado de
Tlaxcala, que después del altiplano hidalguense en quizá la zona donde más se
consume todavía el octli poliuhqui, como era conocido el pulque en tiempos de
los mexicas.
Uno de los atractivos de esta zona es lo cerca que está de la capital y lo
pequeño del estado. En dos días lo recorrimos de cabo a rabo visitando sitios
como la capital, Huamantla, Apizaco, la Malinche y otros pequeños poblados. Una
amiga, Helena Hernández, nos presentó a quien nos pasearía por la zona, en un
tour que denomina la Ruta de las Haciendas del Pulque; Javier Zamora, joven
tlaxcalteca de varias generaciones, propietario de una hacienda en ruinas y
administrador de Hacienda Soltepec, un hotel interesantísimo por su historia y
excelentes por su ubicación y servicios. Javier nos tenía preparado un giro
excelente. Empezamos temprano con una cita en Apizaco para visitar la Hacienda
de Xochuca donde el propietario Guillermo Ramírez nos recibió con esa sequedad
franca de gente de campo que al cabo de un momento se convierte en calidez.
Inmediatamente nos fuimos a sus magueyales, acompañados por sus tlachiqueros,
los raspadores de maguey recolectores de aguamiel que proveen de la materia
prima a su tinacal. Don Juan nos demostró la técnica del raspado, que tiene que
hacerse dos veces por día sin cesar. “Son como las Vacas, que hay que ordeñar
diario o se mueren” nos comenta. Para que un maguey produzca aguamiel en
cantidad y calidad, tiene que haber llegado a una madurez que toma de seis a
ocho años. Las plantas maduras de las especies del maguey agave atrovirens o
agave salmiana, pueden ser inmensas, llegando casi a los tres metros de altura y
pesando hasta una tonelada. Son majestuosas e impresionantes. “Antes de que
nazca el meyolote, que es la porta-semilla de la planta – también conocido como
quiote - , la “capamos” y le extraemos el corazón. Entonces nos empieza a dar
sin parar por unos cuatro meses hasta que la planta se seca y muere” nos explica
Guillermo. Para extraer el jugo se utilizan unos instrumentos llamados cocotes,
que con la fuerza de succión de los pulmones del tlachiquero extraen pro vacío
el aguamiel, y están hechos de árbol de guaje o de madera de guaje. Todos
probamos del aguamiel fresca; su sabor es sutil, dulce y a flores silvestres;
realmente agradable. No cuesta trabajo entender porque este liquido ha sido tan
fundamental en la alimentación y crianza de los infantes indígenas por siglos y
hasta nuestros días. De camino al tinacal, el sitio de producción, nos explican
como se aprovecha todo el maguey; la miel, la penca, el hilo, el mixtote; de su
importancia como protección contra la erosión y cortina de viento; vamos
caminando junto a los burros que aún transportan el liquido en enormes
“castañas” que cuelgan de sus lomos. Antes eran de madera y las que quedan son
preciosas aunque hoy muchas ya son de fibra de vidrio. Esta en una industria, si
es que aun se le puede llamar así, que ha cambiado un poco; las tinas aun son de
madera y quedan incluso algunas de piel de vaca, como eran todas antes, aunque
ya las hay de fibra. La distribución es a pequeña escala y local o regional.
“Queremos preservarlo como era, pero la dinámica moderna y las leyes del marcado
van en su contra” nos dice Javier con una mezcla de entusiasmo y nostalgia
mientras probamos el pulque recién echo de Guillermo; delicioso y sorprendente,
casi no huele y tiene una acidez vegetal que lo hace fresco; nos cautiva. Ya en
la casa, nos presume sus curados de piñón, limón, y betabel que son fantásticos
tanto a la vista como al paladar.
El proceso del pulque prácticamente no se ha alterado desde la antigüedad. El
aguamiel que la venden los tlachiqueros al tinacal, porque son en realidad
independientes y trabajan un magueyal para el dueño de la tierra y le entregan
el aguamiel a un precio de treinta centavos por litro, se vacía en las tinas dos
veces al día como resultado del raspado. De diez a cuarenta litros dependiendo
de la productividad de las plantas y, por supuesto, el empeño del tlachiquero.
Los burros regresan del campo a las ocho de la mañana y a las seis de la tarde
para verter el líquido de sus castañas en las viejas tinas. La fermentación
empieza inmediatamente gracias a una bacteria que se encuentra de manera natural
en la planta. El brebaje se mantiene activo agregando más aguamiel y no necesita
más de dos horas para tener su punto. Cada tinacal tiene su estilo y decide
cuando dejar de “rellenarlo” y parar la fermentación lo que también afecta al
contenido de alcohol que oscila entre los 4 y 6 grados. “En realidad no es la
bebida fuerte que muchos piensan; sus efectos pueden ser sin embargo tremendos
más por la cantidad en el consumo y la composición de la bebida que por su grado
alcohólico” nos aclara Javier cuando probamos otro pulque en un tinacal
totalmente artesanal en las faldas de la Malinche.
Luchando contra la luz que nunca alcanza, visitamos varias haciendas más:
FECOAC, San José Atlanta y la preciosa Tenexac. Cada aun está llena de historias
de trabajo y tradición; todas aún vivas pero sufriendo la realidad del campo
mexicano y buscando nuevas formulas para subsistir y conservar las costumbres
con que nacieron. En algunas de ellas, los dueños están intentando mantener la
tradición viva transformando su negocio hacia el eco-gastro-agro-turismo. Con
inversiones pequeñas, apoyos que no acaban de concretarse y mucho esfuerzo,
están acondicionando sus propiedades como hostales modestos o casas de huéspedes
para recibir turistas interesados en las tradiciones del campo, el pulque, la
gastronomía local y la ganadería de toros bravos, otros de los atractivos de la
región.
La cultura del pulque cayó en una crisis a partir del crecimiento en la
producción y distribución de cerveza. Ésta combina características que la
hicieron un competidor imbatible para el pulque; practicidad al venderse en
botella, sabor refrescante con una graduación moderada y, la mas importante, la
capacidad de mantenerse en estado optimo por largo tiempo. Este fue el talón de
Aquiles de nuestra ancestral bebida; el pulque no dura mas de un día y medio en
su mejor estado y con la concentración poblacional en ciudades lejos de los
sitios de producción, su distribución para el consumo se hizo cada vez mas
difícil y costosa. Y el costo no es solo económico: la distancia y el tiempo se
lo cobran caro en sabor; un pulque de varios días empieza a ser una bebida
ocasional de gran tradición y delicioso sabor cuando se consume ahí, cerca del
tinacal, en ocasiones en que se pueda disfrutar en todo su esplendor.
Para cerrar el viaje tenemos una comida típica tlaxcalteca en casa de Helena.
Justo antes de empezar, nos traen un pulque tan nuevo que llega en un garrafón y
aún esta espumeando: fermentación viva y sabor increíble. Disfrutamos las
delicias de esta tierra y prometemos volver para continuar conociendo haciendas,
otros viejos tinacales y a sus dueños para contarle al mundo de una tradición
mexicana que en Tlaxcala, se niega a morir.